
Todo lo que una persona se lleva a la boca acaba, tarde o temprano, no solo en el estómago, sino también en la cabeza. No de forma literal, claro. Pero si quitamos la metáfora, se vuelve evidente: el pensamiento es bioquímica. Y en cuanto algo falla en esa bioquímica, lo primero que sufre no es el hígado, ni los músculos, ni la piel, sino el cerebro.
Si después de comer te invade una torpeza mental como de algodón y sientes que podrías apoyar la frente sobre el teclado — casi siempre la culpa es de la comida. Demasiados carbohidratos simples, un pico de insulina, liberación de serotonina, y de pronto todas las tareas parecen igual de inútiles. A algunos les pasa después del café, a otros simplemente con el estómago vacío. La paradoja es que el cerebro consume mucha energía, pero es extremadamente quisquilloso. No tolera los extremos: primero “no como nada”, luego “como cualquier cosa”. Necesita estabilidad.
Incluso alteraciones breves en la alimentación afectan la capacidad de concentración. Puedes estar en una reunión mirando gráficos y, aun así, entender menos de lo habitual. Especialmente si el día comenzó con un donut y una bebida energética. No se trata de fuerza de voluntad ni de disciplina: el cerebro, literalmente, no recibió lo que necesitaba.
La glucosa —sí, es importante. Pero no la que viene del refresco azucarado. Necesita carbohidratos de absorción lenta, además de ácidos grasos, vitaminas del grupo B, hierro y aminoácidos. Todo lo que ayuda a construir y mantener conexiones neuronales. Y también agua. Simple y corriente agua. Porque incluso una leve deshidratación puede llevar al cerebro a entrar en “modo pausa”.
Con el cansancio físico todo está claro: corres, te cansas. Pero con el agotamiento mental es distinto. Llega de forma sigilosa. Estás leyendo un artículo, todo va bien, y cinco minutos después te das cuenta de que estás mirando la pantalla sin entender nada. Como si la bombilla se apagara. Y no siempre es por falta de motivación o aburrimiento. Muy a menudo, la razón es simplemente la falta de recursos.
El cerebro, como los músculos, necesita combustible. Pero no combustible de azúcar y café —aunque a corto plazo puedan funcionar como un dopaje. La verdadera resistencia mental se construye de otra manera. Por ejemplo, el hierro es clave para el transporte de oxígeno. Si hay déficit, el cerebro está “asfixiado”. Los ácidos grasos omega-3 son como el aceite que lubrica el cableado neuronal. Sin ellos: ruido, interrupciones y lentitud. ¿Y el magnesio? Es necesario para que el cerebro no se colapse con cada pequeño estrés.
Si comes de forma caótica, te pones trabas tú mismo: cuesta más pensar, más mantener la atención, más terminar lo que empezaste. Porque la carga cognitiva también es un trabajo. Y no se puede rendir si el motor se ahoga por dentro.
Por eso quienes comen bien de forma regular —no perfecto, no contando calorías, sino simplemente bien— mantienen la claridad durante más tiempo, no se agotan en la segunda hora de una reunión y no cometen veinte errores en un correo sencillo. Combustible de calidad, trabajo de calidad. Así de simple. Bueno, no tan simple, pero vale la pena empezar por la comida.
Artículo realizado con el apoyo de respin.com.pe.